Durante décadas, la industria energética y la cultura popular simplificaron el origen del petróleo con una imagen poderosa: dinosaurios convertidos en gasolina tras millones de años bajo tierra. La realidad geológica, sin embargo, es bastante más compleja —y mucho menos cinematográfica.
El consenso científico sostiene que la mayor parte del petróleo comercial no proviene directamente de dinosaurios, sino principalmente de microorganismos marinos, algas y zooplancton acumulados en fondos oceánicos hace cientos de millones de años.
Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos (EIA), el petróleo se forma a partir de restos orgánicos sometidos a presión y calor durante millones de años. La Encyclopaedia Britannica coincide en que la principal fuente de hidrocarburos son organismos microscópicos marinos y no grandes animales terrestres.
La asociación con los dinosaurios nació más como una metáfora educativa que como una descripción precisa. De hecho, los grandes reptiles terrestres representaron una fracción mínima de la biomasa del período mesozoico. En términos químicos, el petróleo contiene biomarcadores asociados a algas y plancton antiguo, una evidencia ampliamente estudiada por la comunidad geológica.
En los últimos años, sin embargo, una teoría alternativa volvió a ganar visibilidad en ciertos círculos científicos y energéticos: la hipótesis abiogénica del petróleo. Esta corriente plantea que algunos hidrocarburos podrían originarse en las profundidades del manto terrestre mediante procesos químicos no biológicos, y no exclusivamente a partir de materia orgánica fósil.
La idea fue defendida en el siglo XIX por el químico ruso Dmitri Mendeléyev y retomada más tarde por científicos soviéticos y por el astrofísico Thomas Gold, autor del libro The Deep Hot Biosphere. Investigaciones experimentales publicadas por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos (PNAS) demostraron que ciertos hidrocarburos pueden sintetizarse bajo condiciones extremas de presión y temperatura similares a las del interior terrestre.
Pero existe un matiz importante: aunque la formación abiogénica de hidrocarburos es considerada posible en algunos contextos geológicos, la evidencia dominante sigue favoreciendo el origen biológico del petróleo explotado comercialmente. La revista Nature Geoscience y estudios de la American Association of Petroleum Geologists destacan que los biomarcadores moleculares encontrados en el crudo son consistentes con antiguos organismos vivos.
La discusión no es menor para la industria energética. Si el petróleo fuese generado continuamente desde el interior de la Tierra, la narrativa sobre la escasez de recursos cambiaría radicalmente. Sin embargo, hasta ahora no existen pruebas concluyentes de que los grandes yacimientos comerciales se regeneren a una escala económicamente viable, según informes del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
En internet, el debate se ha convertido además en combustible para teorías conspirativas y discusiones virales. Lo paradójico es que la propia ciencia lleva décadas aclarando que el petróleo nunca “vino de dinosaurios” en sentido estricto.
El mito popular simplificó tanto la historia que terminó eclipsando el verdadero origen del recurso: millones de años de vida microscópica acumulada bajo los océanos primitivos.

