En la nueva partida geopolítica entre Washington y Pekín, Irán se ha convertido en la ficha más incómoda. La pregunta que domina los mercados energéticos es si China está realmente dispuesta a alinearse con Donald Trump para aumentar la presión sobre Teherán.
La respuesta corta es: solo hasta donde convenga a sus intereses económicos.
Durante la reciente reunión entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, ambos líderes coincidieron públicamente en que Irán no debe desarrollar armas nucleares y en la necesidad de mantener abierto el estrecho de Ormuz, la arteria por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo mundial. De acuerdo con Reuters, Trump aseguró que Xi prometió no suministrar equipamiento militar a Irán.
Sin embargo, detrás de la retórica diplomática persiste una realidad mucho más compleja: China sigue siendo el principal comprador de petróleo iraní.
Más del 80% de las exportaciones energéticas de Irán terminan en refinerías chinas, muchas de ellas independientes, conocidas como teapot refineries. De acuerdo con Al Jazeera, estas plantas han seguido adquiriendo crudo iraní pese a las amenazas de sanciones estadounidenses.
La administración Trump ha intensificado las sanciones contra esas compañías. De acuerdo con The Washington Post, Washington anunció recientemente medidas contra una gran refinería china y alrededor de 40 navieras vinculadas al transporte de petróleo iraní. Pero Pekín respondió con dureza. El Ministerio de Comercio chino declaró que las sanciones estadounidenses “no serán reconocidas ni aplicadas”, calificándolas de ilegales bajo el derecho internacional, según Al Jazeera.
Ese choque revela el verdadero límite de la cooperación estadounidense.
Para Xi Jinping, Irán representa tres activos estratégicos difíciles de reemplazar: suministro energético barato, influencia en Medio Oriente y un socio útil frente a la presión occidental. China importa petróleo iraní con descuentos significativos gracias al régimen de sanciones, algo especialmente atractivo en medio de la desaceleración económica china.
No obstante, Pekín tampoco desea una guerra regional prolongada. El cierre parcial del estrecho de Ormuz ha disparado los costos logísticos y aumentado la volatilidad del mercado energético global. De acuerdo con Reuters y Investing.com, China ha presionado por la reapertura de la ruta marítima y por una reducción de las tensiones militares.
Ahí es donde Trump encuentra espacio para negociar.
La Casa Blanca parece apostar a que China utilice su peso económico para moderar a Teherán, especialmente en materia nuclear.
Algunos analistas estadounidenses consideran que las sanciones secundarias podrían obligar a Pekín a reducir gradualmente sus compras de petróleo iraní. Pero otros creen que China simplemente buscará mecanismos alternativos de pago y transporte para seguir comerciando con Irán sin exponerse directamente al sistema financiero estadounidense.
De acuerdo con la Foundation for Defense of Democracies (FDD), las medidas actuales todavía están lejos de paralizar el flujo energético entre ambos países.
En términos prácticos, China probablemente ofrecerá cooperación limitada: respaldo diplomático para evitar una escalada militar, presión moderada sobre Teherán y promesas simbólicas de no transferir armamento. Pero es improbable que Xi Jinping sacrifique por completo la relación energética con Irán para satisfacer las prioridades estratégicas de Trump.
El equilibrio de Pekín consiste en aparentar colaboración con Washington mientras protege silenciosamente sus propios intereses.
Y en la geopolítica actual, esa ambigüedad vale miles de millones de dólares.

