De acuerdo con la FIFA, el Código de Ética prohíbe a jugadores, árbitros, entrenadores, dirigentes y otros actores vinculados al fútbol participar, directa o indirectamente, en apuestas, juegos de azar o loterías relacionadas con partidos o competiciones de fútbol. La prohibición también alcanza a quienes obtengan beneficios mediante terceros o compartan información privilegiada con apostadores.
Las sanciones son severas. Según la normativa, una infracción puede derivar en investigaciones por integridad, multas de al menos 100.000 francos suizos y una suspensión de hasta tres años de cualquier actividad relacionada con el fútbol.
La razón es proteger la credibilidad de las competiciones. La FIFA considera que incluso una apuesta realizada sobre un partido en el que el jugador no participa puede generar conflictos de interés o abrir la puerta al uso de información confidencial obtenida dentro del deporte.
Paradójicamente, la propia FIFA mantiene relaciones comerciales con la industria de las apuestas. De acuerdo con Reuters, el organismo firmó un acuerdo con Stats Perform para distribuir datos oficiales destinados a operadores de apuestas con licencia y ofrecer servicios de transmisión en determinados mercados hasta 2029. El objetivo es comercializar datos oficiales mientras se combate la manipulación de partidos mediante sistemas de monitoreo e integridad.
Esta aparente contradicción refleja la estrategia de la FIFA: separar la explotación comercial del mercado de apuestas de la conducta de quienes participan en el juego. El organismo sostiene que la regulación y la vigilancia son herramientas esenciales para prevenir el amaño de partidos, un riesgo creciente a medida que aumenta el volumen global de las apuestas deportivas.
Los casos registrados en distintas ligas muestran por qué estas normas se han endurecido. Diversas federaciones nacionales han impuesto sanciones a futbolistas y árbitros por infringir las reglas sobre apuestas, reforzando el mensaje de que la integridad deportiva prevalece sobre cualquier interés económico.
En definitiva, la respuesta es clara: los futbolistas que disputan un Mundial no pueden apostar en partidos de fútbol, ni siquiera a través de terceros o utilizando información privilegiada. Mientras los aficionados pueden participar legalmente en mercados regulados —según la legislación de cada país—, quienes forman parte del espectáculo están sujetos a una de las políticas de integridad más estrictas del deporte mundial.

